DE GALÁPAGOS, TRUCHAS Y SALMONES

…O de cómo la presión extractiva de pesca puede influir en la selección natural y en la evolución de nuestras poblaciones de salmónidos.

Hace unos meses  mientras tomaba unas cervezas con un amigo a su regreso de un viaje por las islas Galápagos y observaba atento el reportaje fotográfico que éste había traído consigo de ese paraíso terrenal que es el archipiélago del Pacífico, me maravillaba cómo las especies que allí habitan son totalmente incautas ante la presencia de un ser humano. Hasta tal punto que uno puede echarse una siesta a unos centímetros de un león marino o acercar el objetivo de su cámara a un palmo del prominente pico de un pelícano.

La explicación es bien sencilla y hace más de 150 años que Charles Darwin, tras su visita a estas mágicas islas, en su libro “El Origen de las Especies” enunciaba la teoría que le ha convertido en uno de los padres de la biología moderna: la selección natural para entender la evolución de las especies.

Y es que, efectivamente, la ausencia de factor selectivo como es la predación, puede desencadenar no solo en unas características fenotípicas determinadas, si no también en una serie de comportamientos que, desde luego, en presencia de predadores serían completamente imposibles.  Y no nos engañemos, el ser humano ha sido y es uno de los predadores o mecanismos de selección por alteración del medio más influyentes que existen.

Dejemos las Galápagos para trasladarnos a nuestras latitudes y analicemos algunos hechos desde el prisma de Darwin.  Por supuesto, solo es un ejercicio de reflexión abstracta que no pretende sentar cátedra, ni se basa en datos objetivos, simplemente pretende extraer algunas conclusiones desde la subjetividad que le otorga a uno la observación y la reflexión. Si por el camino conseguimos analizar algunos hechos desde un punto de vista diferente, sin duda habrá resultado enriquecedor.

Sirvan estos ejemplos a continuación como eje sobre el que vertebrar la hipótesis:

La Evolución del Salmón atlántico:

Que la situación del salmón atlántico en nuestras aguas es, siendo muy generoso, preocupante, no se le escapa a nadie. En las últimas décadas las poblaciones han sufrido una severa regresión en todas nuestras cuencas, pero no solo hay valores cuantitativos que analizar.

Entre los motivos de esta brutal regresión podemos enumerar: deterioro del medio, enfermedades, sobrepesca tanto en sus zonas de alimentación marinas como en el río, etc. Y probablemente nos dejemos muchas. No es el objetivo de este artículo desglosar los porqués de la situación actual.

Este panorama, ha dado lugar en algunas de nuestras cuencas más debilitadas a fenómenos diversos que, desde luego, solo ejemplifican el estado de salud del salmón atlántico.

Así por ejemplo, en muchos de nuestros ríos, cada vez es mas habitual que el grueso de la población entre hacia el otoño, quedando las poblaciones que remontaban en primavera en números muy por debajo de los ejemplares de otoño. Ni hablar ya de los salmones de invierno, extintos en gran parte de nuestras cuencas, por no decir en todas.

¿Cuál es el motivo de estos sucesos? Por supuesto, puede haber otras variables, como el deterioro del régimen hídrico de algunas cuencas, con su estiaje pronunciado, que provoquen que los peces hayan decidido pasar el menor tiempo posible en este medio cada vez más hostil, pero… ¿Por qué no considerar otras opciones? ¿Por qué no atribuir al ser humano y su presión de pesca extractiva un papel moldeador en todo este devenir poblacional?

Si analizamos los hechos, nos encontramos ante decenas, quizá cientos de generaciones de peces que han sufrido en sus carnes la temporada tradicional de pesca, que se extiende o se extendía desde marzo a julio. No es un hecho baladí, por tanto, que si atribuimos al comportamiento migratorio del pez una impronta genética, podamos llegar a considerar que esa merma de la población resultante de la presión extractiva de pesca ejercida, haya resultado en un menor stock de reproductores que pudieran transmitir esa carga genética “de primavera”, y por tanto, con el paso de los años y de los ciclos, en una disminución de las entradas de peces en invierno y primavera.

Visto de otra forma, hemos discriminado positivamente a las poblaciones de entrada otoñal sobre las cuales no hemos ejercido una presión, produciendo una preponderancia de éstas sobre las poblaciones que sí hemos pescado.

Otro hecho observable, especialmente en las poblaciones más deterioradas, es la disminución del tamaño medio de los ejemplares que retornan. Podríamos achacarlo al deterioro del medio marino y una menor disponibilidad de alimento, pero esta hipótesis quizá pueda ser descartada al ver como en otras poblaciones más saludables, el tamaño de los peces sigue inalterado.

Por supuesto, hemos de entender que existen variaciones de tamaño y peso en peces de una misma añada, que no necesariamente tienen que ver con una mayor o menor ingesta de alimento. Como en los humanos, hay peces que son capaces de sacarle más rendimiento a la dieta que otros.

Por tanto, cabe la posibilidad de que el hombre, en su afán extractivo del hombre, haya primado su esfuerzo en los ejemplares de mayor talla, además de protegido a los ejemplares de menor porte con tallas mínimas. Esto desencadena necesariamente en un mayor peso especifico de estos ejemplares más pequeños en la freza y a futuro, una disminución del tamaño medio de la población. 

Comportamiento de las poblaciones trucheras:

¿Quién no ha observado como con el paso de los años un señuelo que en un primer momento resultaba infalible empieza a perder efectividad hasta convertirse en uno más?

Todos sabemos que los peces aprenden. Todos lo hemos vivido y sufrido en nuestras propias carnes. Es así.

No obstante… ¿Y si hubiera algo más? Partamos de la base de que ciertos peces tienen querencia por determinado tipo de señuelo. Pongamos incluso que dentro de una misma población hay peces que se rigen por unos comportamientos distintos a otros. Pongamos que esos comportamientos determinados son una “diana” para un determinado señuelo. Por ejemplo, truchas con una gran agresividad pueden ser un buen objetivo para los streamers, las cucharillas, etc.

¿Por qué no pensar que hemos seleccionado comportamientos a lo largo de nuestra historia como predadores? Comportamientos que, por supuesto, son mas resistentes a nuestras técnicas de pesca.

Conclusiones:

¿Es efectivamente la presión extractiva de pesca un factor selectivo que puede incidir en la evolución de las poblaciones de salmónidos y en su comportamiento?

Desde luego es difícil de demostrar, pero hemos de tener en cuenta que, sin lugar a dudas,  todo tiene una impronta genética que va más allá de que un pez sea un salmón o una trucha; que hay factores genéticos que definen una población mucho más allá de estos caracteres meramente físicos.

Que el juego predador-presa ha tenido y tiene un papel crucial en la selección natural y modelado de las poblaciones, tanto de presas como de predadores,  primando aquellas características que les hacen mas aptos, permitiéndoles reproducirse y perpetuar su carga genética, donde se reflejaran dichas características.

Que cuanto menor sea el stock reproductivo, mayor peso especifico tiene cada individuo en el devenir poblacional y por tanto, el impacto de nuestras acciones será irremediablemente mayor.

Que nuestra presión afecta a las poblaciones de más formas que la meramente cuantitativa, que podemos moldear una población a largo plazo de formas que quizá en nuestra típica visión cortoplacista, no somos capaces de imaginar.

En definitiva, que toda acción tiene su consecuencia.

*ARTÍCULO PUBLICADO EN LA REVISTA DÁNICA Nº62

Texto: Álvaro G. Santillán

Fotos: Autor y Aitor Coterón

Share:

More Posts