ENTRE BAMBALINAS

Cuando el telón cierra y el calor de los aplausos, las risas y los pasos se va apagando; cuando la soledad invade el escenario y solo la luz ocre pero íntima del otoño ilumina el tablado; mientras el atrezzo se marchita y cae meciéndose al son del viento sur, viento de castañas le llaman, tapizándolo todo con alfombras oro y bronce y dejando cientos de naves a la deriva en sus todavía mermadas aguas. Solo entonces es cuando de verdad uno puede conocer a los protagonistas y descubrirlos en toda su grandeza. Solo ahora es cuando empieza la autentica obra maestra de nuestros ríos.

Hay días de otoño que tienen una luz especial. Son como esas mujeres que habiendo pasado ya sus años de joven esplendor, aun guardan algo, un qué se yo, que las hace aun más atractivas. Como esas ciudades de aspecto descuidado, antiguo y desaliñado, pero que sin embargo, con el paso del tiempo, han ganado en magia y romanticismo. Así es el otoño asturiano. Una ventana llena de intimidad desde la que podemos tocar y oler restos de estaciones pasadas. Pasearse por los cientos de caminos y senderos que tapizan su geografía y jalonan sus riveras es todo un placer para los sentidos.

Para todos aquellos que llevamos un pescador latiendo en nuestro interior, es además, mucho más que una escapada otoñal a la tierra de la sidra y las fabes. Es una oportunidad de oro de disfrutar del río como muy pocos lo hacen y cerrar el círculo. Me gusta pensar que cualquiera que asista, aunque solo sea por una única vez a esta función, jamás volverá a ver al río ni la pesca de la misma forma. Es experimentar el “making of” de esa película de la que formamos parte 6 meses al año y concienciarse del carácter de nuestros peces: de cómo esperan, de cómo luchan, de cómo superan obstáculos, de cómo nunca se rinden…de como mueren para generar vida. Es la constatación de que todos nuestros respetos son pocos.

En los primeros compases de la estación, podemos encontrarnos al rey del río aún hacinado en pozos a la espera de las primeras lluvias. Contemplar todavía en pleno siglo XXI, en la situación actual del salmón atlántico, a decenas de ejemplares en una postura, ingrávidos y tan señoriales como solo un pez de su clase puede serlo, es una oportunidad que no se debe dejar de fotografiar.

Por estas fechas, sin embargo, sus hermanos y hermanas pequeños: los reos y las truchas, se encuentran en pleno frenesí alimenticio. Auspiciados por la tranquilidad y el saberse a salvo de cañas y demás artes, dan rienda suelta a esa gula que precede a la reproducción que en poco tiempo dará comienzo y para la que tienen que aprovisionarse, ya que les consumirá todos sus recursos. Soy consciente de que más de uno soñará en las noches de veda con estos corros de reos y no cejará de preguntarse porqué no en julio eh, porqué no en julio…

En unas semanas, con las primeras lluvias despertando su instinto disfrutaremos de otro espectáculo, el nudo de la función, pero eso será en unas semanas. Mientras tanto, disfrutemos del otoño.

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