NO SE CEBAN

Es algo irrefrenable, siempre nos había atraído. Cerrar los ojos e imaginar ese momento: ese pez que con parsimonia se eleva hasta besar el cielo y deja tras de si un anillo, que se queda grabado en tu retina y ejerce un poder tal sobre uno que, cada vez que el río se llena de esos anillos mágicos  uno pierde la cabeza, la noción del tiempo y sólo puede pensar en ellos.


Seguro que a muchos os resulta familiar este corto relato y lo habéis vivido muchas veces en vuestras propias carnes, pero creo que es más incuestionable que en nuestros ríos esas escenas son menos frecuentes. A ningún pescador se le escapa que cada vez se pesca menos en superficie y no porque no lo deseemos, sino porque cada vez cuesta más ver esos «anillos mágicos» perturbando la superficie de nuestros ríos. Año a año la escena se torna menos habitual, cuesta más encontrar momentos en los que los peces se ceben en superficie y éstos ademas suelen ser más cortos en el tiempo. ¿Por qué?

Este país en su corta tradición como «mosquero» ha sido netamente un país pescador a seca, tanto es así que muchos de los que llevan en esto más de un cuarto de siglo se pasaron muchos, pero que muchos años, empleando casi en exclusiva esta técnica tan atractiva. Ha sido en los últimos 10 años, quizá alguno más, cuando la pesca a mosca bajo la superficie ha experimentado un auge tremendo y creo sinceramente que, en muchos casos, el motivo que ha impulsado a los pescadores a recurrir a estas técnicas ha sido, a parte del deseo de pescar más peces, la falta de actividad de éstos en superficie. ¿Qué hacemos cuando nuestras amigas no dan la cara? ¿Esperamos? ¿Pescamos al agua…o las buscamos allá donde están? Por este motivo, no es raro todavía encontrarse con pescadores que únicamente se ponen a ninfear cuando no les queda otra y son muchos, muchísimos, los que de esta forma se iniciaron en ella y más tarde, atraídos en muchos casos por su efectividad, han acabado abrazándola. Por desgracia para los primeros, cada vez tienen que recurrir más frecuentemente a esta técnica; tanto es así, que muchos ya se han habituado y tienen un gran manejo de ella e incluso disfrutan de lo lindo bañando sus ninfas en chorreras y corrientes. No nos engañemos, creo que la mayoría empezamos en esto por la estética y la plasticidad de ese momento en el que el pez toma nuestra mosca en superficie y creo que muchos si pudiéramos no pescaríamos de otra forma. Al fin y al cabo, para mi, la pesca a mosca era la máxima expresión del “cómo”, frente al “cuánto” y al “de cualquier modo”, y seguro que no soy el único que piensa así y sigue considerando estos momentos mágicos de pesca a seca como la verdadera esencia de la pesca a mosca. ¿Pero, a qué se debe que cada vez sea más difícil dedicar una jornada entera a pescar arriba y encontrar peces en superficie?

Para empezar, creo que no podemos obviar que hay menos peces, muchísimos menos peces, mal que nos pese. Esto es inapelable y es lógico que si hay un 20% de los peces que había hace 30 años, también haya un 80% menos de peces comiendo en superficie, por desgracia.

Un momento. No hemos caído en una pregunta obvia y quizá debiéramos empezar por ahí: ¿Qué es lo que lleva a un pez a cebarse? No se si os lo habéis preguntado en alguna ocasión, pero la respuesta no es tan simple como “comer”. Bueno, sí lo es, pero con muchos matices. Al fin y al cabo, todo animal (incluidos nosotros), lleva un procesador dentro de si que realiza algo tan simple como un balance entre esfuerzo-recompensa. En este caso estamos ante un balance energético y es obvio que el coste que tiene mantenerse cerca de la superficie o bien realizar desplazamientos arriba y abajo a por cada mosca, conlleva un gasto que ha de ser suplido por la ingesta calórica  proporcionada por las presas capturadas. Todo ello sin contar con que la exposición a predadores es mucho mayor. Así pues, para que un pez opte por “ponerse arriba”, la cosa tiene que compensar y bien.

¿Y por qué esta pregunta y ahora? Sencillo, todos los que llevamos unos años por estos ríos de dios nos hemos percatado de algo: ¿Qué ha pasado con las eclosiones? Creo que si el deterioro de nuestras poblaciones trucheras es alarmante, no menos escandaloso es la disminución de las poblaciones de macroinvertebrados de nuestras aguas. En la mayoría de nuestros ríos cada vez disfrutamos de unas eclosiones menos cuantiosas en cantidad, más pobres en número de especies y más breves en el tiempo. Y sin subimagos, emergentes o “moscos” de otro tipo flotando por el agua, no hay cebas; nuestras amigas no se pondrán ojo a vizor justo debajo de la lámina de agua y por consiguiente, nosotros no podremos disfrutar de este espectáculo. Vamos, que cada vez es mas difícil cuadrar el dichoso balance.

Las causas potenciales que pueden estar llevando a este descenso en las poblaciones de macroinvertebrados en los lechos de nuestros ríos son multitud, pero creo que la principal es la contaminación, al ser muchas las especies de las que las truchas se alimentan muy sensibles a ésta. De hecho, muchas de nuestras moscas fetiche se emplean a menudo como bioindicadores de la calidad del medio.

Otra causa potencial, y aquí nos topamos de bruces con uno de los grandes problemas de nuestros ríos, y que tiene un doble efecto en el asunto que nos atañe es, ni mas ni menos, que los embalses. Si, otra vez los dichosos pantanos y sus desembalses. A grandes rasgos digamos que cualquier estructura que corte el “continuo fluvial” (River Continuum Concept) es ya algo a estudiar al milímetro y cuyas consecuencias suelen ser difícilmente previsibles. Si a esto le añadimos que el uso que se hace de éstos no corresponde para nada con los que denominaríamos un uso sostenible, tenemos entre manos un problema ecológico de proporciones considerables. Muy poco tenido en cuenta, por cierto.

La primera consecuencia que afecta directamente al hecho que nos ocupa es la colmatación de fondos que se saturan con lodos, limos y arenas provenientes de los fondos del pantano. Los lechos pedregosos de muchos de nuestros ríos a los cuales están adaptadas las especies que los habitan se vuelven menos acogedores como consecuencia de este hecho y las poblaciones de determinadas especies se ven desplazadas, mermadas o incluso desaparecen. Por cierto, es obvio que esta colmatación también afecta muy negativamente a la supervivencia de las frezas al disminuir exponencialmente la calidad de los frezaderos.

El segundo factor importante es la temperatura del agua. Todos habréis notado cuál es en nuestros ríos regulados durante todo el año: fría, fría…pero bien fría. Este factor en concreto no tiene porque afectar sobremanera a los macroinvertebrados, pero hemos de tener en cuenta que éstos llevan miles de años evolucionando en un medio con una temperatura unos grados superior a la que les hemos plantado de golpe y porrazo en 40 años. Para algunas especies, una disminución media anual de 1ºC puede ser suficiente para que sus poblaciones mermen progresivamente.

Sin embargo, no es su influencia sobre las moscas la que creo que más nos afecta, sino la influencia sobre el metabolismo de nuestras truchas. Como sabéis, la trucha es un pez ectotermo, conocido vulgarmente como “de sangre fría”, que regula (más bien no regula) su temperatura corporal a través de la temperatura del entorno, dependiendo en este caso directamente de la temperatura del agua su tasa metabólica y grado de actividad. Para la trucha común, el rango de temperaturas en el cual su actividad es máxima oscila entre los 12ºC y los 18ºC (hay variaciones en función de la bibliografía, pero sirve para entendernos). Todo lo que sea bajar de este rango de temperatura óptima para la trucha, será relentizar su metabolismo, su capacidad de estar activa y como consecuencia de esa reducción metabólica, su necesidad de alimentarse y de comer. No implica que  no coman, sino que comen menos y además intentan hacerlo de una forma más eficiente y, no nos engañemos, cebarse en superficie suele ser una forma bastante poco eficiente. Es mucho m´ñas económico, energéticamente hablando, quedarse en el fondo a resguardo de la corriente y dejar que ésta nos traiga ninfas y demás alimentos.

Ya… ¿y esos vídeos increíbles del extranjero en la que los peces se alimentan arriba como locos y la temperatura ambiental y la del agua es cuanto menos fresca? Bueno, hemos de entender que donde ahora tenemos un Esla, por decir algo, de 40metros de ancho, con un caudal de 20m3 y el agua a 10ºC, durante miles de años (o mejor de veranos), había un secarral con un río que se calentaba por encima de 20ºC. Estamos en el país más meridional de Europa y nuestras poblaciones trucheras han evolucionado y se han adaptado durante milenios a nuestras condiciones climáticas y es de suponer que estén más adaptadas a superar estiajes duros y a mostrarse más activas con temperaturas favorables, que a soportar inviernos permanentes y temperaturas por debajo de 10º con caudales brutales en pleno agosto. Saquen conclusiones.

La masificación de nuestros ríos es un hecho hoy en día. Cada vez es más difícil poder disfrutar de una jornada sin cruzarse con otro compañero o tan solo hacer garita en una tabla en soledad. Hasta tal punto, que en algunos escenarios la pesca deja de ser una actividad bucólica y tranquila para ser una forma más de socializar. Lejos quedan los tiempos en los que en este país había 1 millón de coches y los viajes a 200kms eran una auténtica aventura por carreteras comarcales y unas cuantas horas de viaje. Estamos en la época de la comunicación y esto no sólo atañe a internet. Hoy en día cualquiera tiene un coche en su garaje y se puede plantar en cualquier río de este país en unas pocas horas. Cada vez somos más pescadores, para bien o para mal, aunque creo que de momento no hemos sacado ningún partido de ello y si muchas desgracias.

Si a veces los comienzos de temporada o pescar un archiconocido tramo pueden ser más estresantes que la mesa de la oficina, o al menos a mi compartir tramo con otros 15 pescadores me lo parece,  imaginaros la situación para sus habitantes. En mi caso, por eso busco con ahínco tramos poco frecuentados o modalidades que aunque menos prolíficas en capturas o más sacrificadas en cuanto a esfuerzo (no nos engañemos pero aún le cuesta a la gente andar una hora para pescar un tramo, gracias a dios), me permitan disfrutar del río y de la naturaleza con tranquilidad. Pero esto es harina de otro costal.

A lo que iba, también afecta y mucho a nuestras truchas. No sólo porque haya mas pescadores que quieran dar con sus espinas en la sartén, sino porque esta afluencia de público acaba modificando sus hábitos y costumbres y es aquí cuando topamos con el asunto que nos atañe: hasta qué punto afecta la presión de pesca a la actividad de nuestras truchas en superficie. Está claro que nuestra presencia en el río lo altera de muchas formas que a veces no podemos ni imaginar, quizá la más evidente de todas sea el deterioro general de éstos, pero el cambio de hábitos de nuestras amigas es algo que no podemos obviar. A nadie se le escapa que para un pez, comer en superficie es probablemente el periodo en el que se encuentra más expuesto y por tanto, es un momento en el cual las truchas necesitan cierta tranquilidad y calma para sentirse seguras mientras se alimentan. Cualquier presencia o elemento ajeno al medio puede hacer que esta conducta se vea alterada y si esa invasión de su intimidad es repetida y además se asocia a un peligro, como puede ser que te den un revolcón con el consecuente dolor de muelas (eso en el mejor de los casos, que contarlo ya es un logro), puede conllevar un cambio en las costumbres de nuestras amigas. Esto es pesca y ellas son truchas, así que “donde dije digo, digo Diego”, y puede que nos encontremos con los contrario, peces comiendo que pasan de todo, pero por lo general,  suele ocurrir que en tramos muy pisados o ya a finales de temporada, las cuesta más regalarnos esos momentos, por desgracia. A modo de anécdota, reseñar que los que tenemos la suerte de disfrutar de paseos por el río fuera de temporada solemos encontrarnos con picos de actividad en superficie que ya quisiéramos encontrarnos con una caña en la mano… lo curioso es que muchas veces las condiciones teóricas son mucho menos propicias para ello, pero sencillamente los peces están tranquilos.

Al hilo de esto, siempre me he realizado la pregunta que formulo a continuación: ¿Tiene la acción pesquera del hombre a lo largo de la historia más reciente un efecto selectivo sobre la genética (entendiendo que ésta es codificadora de ciertos aspectos de la conducta) de las poblaciones trucheras?  Me explico, se está investigando cómo la presión ejercida durante generaciones en las poblaciones de salmón que entran en temporada hábil a disminuido éstas, en buena lógica, pero sin embargo, las poblaciones que entraban una vez pasada la temporada cuentan con una salud mucho más saludable. Vamos, que hemos eliminado el stock genético de marzo, abril, mayo…y se ha perpetuado la mas tardía que no ha sufrido presión por nuestra parte. Extrapolando esta posibilidad, no puedo sino plantearme si la presión ejercida durante décadas sobre estas poblaciones con querencia a comer arriba habrá afectado a nuestras poblaciones actuales.

En definitiva, podríamos concluir que a nuestras poblaciones trucheras cada vez les resulta más difícil cuadrar las cuentas para que el balance calórico y los riesgos de comer en superficie compensen; que las condiciones ideales de temperatura y caudal cada vez se dan con menos frecuencia y que la tan necesaria tranquilidad es un bien cada vez mas escaso; sin embargo, no puedo dejar de escudriñar cada tabla,  cada rasera, en busca de esos anillos que me recuerdan por qué empecé en esto, en busca de la esencia de la pesca a mosca.

*ARTÍCULO PUBLICADO EN LA REVISTA DÁNICA Nº54

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