TARPON

Planificar un viaje es siempre un ejercicio bastante excitante, al a par que estresante. Uno siempre está lleno de dudas, la incertidumbre es siempre compañero de viaje. Cuando Leti y yo comenzamos a encajar las piezas del viaje, teníamos claro que había que probar suerte con los tarpones, pero encajar un día de pesca en un viaje de más de 2000km por tierras ticas no iba a ser fácil. Finalmente, decimos empezar por la costa caribeña y comenzar nuestro viaje en búsqueda del rey plateado.

El Caribe es un territorio incomparable, de una belleza paisajística difícilmente imaginable para los ojos europeos. La jungla se adentra en playas blancas de aguas turquesas. La vida se siente, se oye y se ve allá donde mires. La cultura de sus gentes, la forma en la que se relacionan y viven en armonía con esta naturaleza exuberante es algo admirable. Quizá ese sea el secreto de una felicidad y amabilidad contagiosa: vivir con y según la naturaleza, no contra ella.

La tarde de nuestra llegada, nos dirigimos a la Soda que regenta nuestro guía, Wuacho. Allí, mientras degustamos un buen casado y una buena Imperial, Wuacho nos da los primeros detalles de la pesca en la zona y de qué podíamos esperar.
Ha sido una temporada rara, con un mar embravecido en exceso y pocos días de calma. Las tormentas no han hecho aún acto de presencia y los ríos y lagunas no acaban de reventar, así que no hay mucho pez pasto por la zona y los tarpones están bastante esquivos. 
A pesar del mar, nos damos cita al amanecer del día siguiente, esperando que el oleaje no nos impida salir.

No fue la mejor noche de mi vida, la verdad. O sí, no se. Es algo que echo en falta en casa. Pasar tantos días al año en el río ha hecho que ya no pierda el sueño el día antes de una salida como cuando era niño. En los viajes, explorando nuevos destinos en búsqueda de nuevas especies, vuelvo a sentir esas sensaciones. ¡Benditos insomnios!

Atravesamos al arrecife que protege la zona de amarre mientras los primeros rayos de sol aún colorean la bruma creada por las olas al romper contra algunos islotes. De camino hacia el pesquero, tenemos ocasión de navegar junto a delfines y manatíes, mientras Wuacho nos explica curiosidades sobre la fauna de la zona. El viaje se hace corto y pronto llegamos a la boca de una laguna que ahora mismo se encuentra cerrada al mar. Tanteamos el terreno con algunos lances de calentamiento, mientras Leti, Wuacho y yo nos dejamos los ojos en búsqueda de algún síntoma de actividad, pero el tiempo pasa y solo algún delfín a lo lejos nos da algún pequeño susto.
Cambiamos de pesquero y la tónica se repite. Cada vez tengo que hacer más esfuerzo para no acabar en el agua. Lanzar en la proa de una embarcación mientras olas de 2metros la zarandean es un buen ejercicio de equilibrio. Vemos un par de splashes que nos ponen en aviso, pero seguimos sin conectar con ningún pez.
Mientras nos refrescamos con una Imperial, Wuacho y yo debatimos sobre moscas y leaders. En un momento arma un leader completamente nuevo, empleando algunos nudos que para un grumete de agua dulce como yo, resultan un mundo distinto: biminis, slim beauties, dobles 8… con esa configuración, me apostaría un brazo a que podría remolcar un petrolero. Elegimos uno de los nuevos patrones que Nacho Heredero diseñó para el viaje y regresamos de nuevo al primer pesquero, con la esperanza de que el cambio de marea y corrientes haya metido algún pez en nuestro radio de acción. 
Wuacho y Leti se alternan con la caña de spinning y yo insisto con la intermedia y la combinación morada/chartreuse. El sol pega con justicia y Wuacho se afana en mantener la barca lo más cerca de la rompiente, evitando que alguna ola nos pille por sorpresa. Nos explica que en esa zona, la corriente paralela a la orilla hace un remolino y se produce una mezcla de aguas en la que los camarones suelen quedar atrapados y los tarpones se concentran cuando esto sucede. Parece no ser el día, los pájaros están ausentes, no vemos peces pasto y ni siquiera estamos tocando algún jack de cuando en cuando.

Tuve que pestañear 5 veces seguidas, cerrar los ojos y volver a abrirlos, pero sí, lo estaba viendo. En linea con la embarcación a pocos metros, saliendo de la zona de transición de la mezcla de aguas, veo un tarpón a pocos centímetros de la superficie. Viene directo hacia nosotros.
Recojo lo más rápido que me es posible rezando porque me de tiempo a presentar, aunque sea solo una vez. El pez acelera al sentir la estela y se revuelve. Con apenas 3 metros de línea fuera de la caña, le pongo la mosca un metro por delante. Estoy aterrorizado, se que no habrá más oportunidades y odio presentar tan cerca de la caña. No voy a tener tensión suficiente para clavar duro con el codo y estos peces tiene la boca de acero.
Pego el primer tirón y todo ocurre demasiado rápido. El pez se gira, abre la boca y salta. Todo en un solo movimiento, en una centésima. Atizo lo más fuerte que puedo con la tracción y le zumbo todo lo duro que puedo con la caña. 
Empiezo a bailar y siento los metros de línea que tengo acumulados bajo mis pies. Salto mientras intento ordenarlos en el carrete y controlar la salida de la línea. Pronto tomo el control y el carrete empieza a cantar. Aprieto el freno al máximo y aquello sigue escupiendo.
El pez sale del agua a 100 metros de nosotros.
Los primeros minutos son pura adrenalina y diversión. Luego empieza el trabajo duro. Durante más de hora y media, me retuerzo contra un pez que tiene la iniciativa en todo momento. Paso por todos los estados de ánimo posible: me río, me enfado, me angustio, me relajo, me da un subidón cada vez que consigo meter todo el backing en el carrete y seguido un bajón cuando el pez me saca 100 metros como si nada. Leti me mantiene enfocado todo el rato. 
Pido agua, pido zumo, pido un caramelo, me siento, me levanto, pido que me echen agua por encima. Y sobre todo me canso. No siento el antebrazo, la muñeca me duele horrores. Las muñecas, porque ya no se con qué brazo sujetar la caña. 
Tras una hora, tengo varios moratones en la tripa de apoyar el talón de la caña.
Wuacho maneja el bote con maestría. Me pone las cosas mucho más fáciles, pero el pez no quiere salir de la zona de corriente hacia mar abierto. Hay ratos que se hacen eternos donde el pez se clava en mitad de la corriente y pienso que ha hecho un nudo en un ancla y se está riendo de mi. Finalmente, tomamos la única decisión posible. Si no podemos salir a mar abierto, nos la jugaremos a la playa.

Ya desde la playa, tras una hora y 40 minutos, Wuacho consigue agarrarlo. No se lo que sentí en ese momento. Supongo que alivio, simple y llanamente.

Cuando el pez se va, voy hacia Leti. La abrazo y lloro. Creo que ella está más contenta que yo. Yo estoy agotado y lo que más me llena es haberlo compartido con ella.

Ya de vuelta a tierra, volviendo a disfrutar de los pelícanos, los delfines y el viento en la cara empiezo a saborearlo. Es una sensación increíble. Un sueño cumplido.

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